Voy a mostrarle el internet a los muchachos

La primera vez que escuché el término “internet” fue por allá en 1997; yo tendría unos 12 años

por  Israel Rojas
|Mar 12 2018

La primera vez que escuché el término “internet” fue por allá en 1997, yo tendría unos 12 años. En un noticiero de un canal de televisión que ya no existe, hacían una lista de los artistas que tenían una página web y los medios que debías visitar, si eras de los privilegiados en tener una conexión dial-up. Las recomendaciones iban desde Ricky Martin hasta Madonna, CNN en español y la NASA. En mi casa, un pueblito en la frontera entre Venezuela y Colombia, recién habían instalado la televisión por cable.

Antes del internet yo tenía dos vecinos: Lina, que vivía a mi izquierda, y Juan, vivía a mi derecha. Todas las noches, después de la cena, nos reuníamos en la calle a jugar parchís o Monopolio, algunas noches simplemente nos sentábamos a hablar porque, bueno, no teníamos internet. Lina tenía tres años más que yo y ya estaba decidiendo qué estudiar en la universidad, Juan me llevaba unos siete años y estudiaba Ingeniería Mecánica. Yo estaba en mi primer año de bachillerato y tenía mucho tiempo libre que ahora añoro.

La conversación fluía a pesar de la edad. Lina me había prestado una colección de fábulas que también venían narradas en discos de 33 revoluciones, la había devorado. Ella estaba leyendo una novela de Trevanian sobre un asesino titulada “Shibumi”, Juan se desahogaba sobre sus guías y manuales de Mecánica. Probablemente para esa época yo había leído por primera vez “Cien años de soledad” del Gabo. Así nos manteníamos despiertos hasta casi la medianoche, en la banqueta de la calle, hasta que algún adulto salía a gritarnos que al día siguiente debíamos madrugar y nos rompía la complicidad.

Lina fue la primera persona de mi entorno en tener internet en su casa. Era una estudiante sobresaliente y su papá lo había puesto como premio. Llegué a visitarla sólo para ver cómo funcionaba eso, recuerdo los metros de cable que viajaban desde la sala hasta su habitación y la advertencia en voz alta a toda la familia “Voy a mostrarle el internet a los muchachos, no utilicen el teléfono”. Encendió el regulador, y a la señal de la lucecita verde procedió con el CPU, el monitor, abrió el explorador, nos mostró su correo sin mensajes nuevos, algún artículo de la Encarta online, nos enseñó cómo funcionaba ICQ (que en realidad era complicadísimo), y nos devolvimos a la calle como Aureliano Buendía después que lo llevaran a conocer el hielo.

Fotografía intervenida por el autor

Apróximadamente en 1.999 abrieron en mi pueblito el primer cibercafé. Creo que Lina ya se había ido a la universidad en Bogotá y Juan tenía un trabajo en otra ciudad, yo tenía vecinos nuevos, me había cambiado la voz y había renunciado al parchís. Fui al ciber con una de esas nuevas vecinas; era una experta: pidió dos máquinas contiguas, pagó una hora, me abrió una cuenta en latinmail, algo que debió ser como darkboy1985@latinmail.com, y me metió por primera vez en la vida a una sala de chat. A mí nunca me llevaron a un burdel para quitarme la virginidad, pero supongo que debe ser algo parecido a esa noche.

La suerte estaba echada para mi generación. El asombro se hizo cotidiano y dejamos de buscarnos en la puerta de nuestras casas. Nos fuimos agregando a Hotmail Messenger, decoramos nuestros status con emojis, nos enviábamos postales animadas que llegaban al correo y nos compartimos canciones que demoraban horas para descargarse, jugábamos a encontrarnos y desencontrarnos en salas de chat, cada quien desde su casa. Far away, so close, como la película de Wim Wenders. Nuestros padres dejaron de gritarnos que era hora de entrar y empezaron a gritarnos que era hora de apagar la compu y echarse a dormir, que iba a salir caro el internet. Hasta eso había cambiado.

Mis amigos y yo nos fuimos convirtiendo en pestañitas que anunciaban “Ahora está conectado”, perfiles de MySpace y Hi5 que mutaron en Facebook, conversaciones y chistes internos que fueron a parar en Twitter, postales de Instagram, referencias de Tumblr, búsquedas de amor en Tinder (algunos en Grindr), canciones en peer to peer con virus, registros de Foursquare, puntitos distantes en Google Maps repartidos por todo el mundo. Hasta que se hizo demasiado tarde o demasiado análogo encontrarnos en la banqueta. Ya no busco a mis amigos en sus casas porque ahora mis amigos están “En línea”, algunas veces están “...escribiendo un mensaje”.

Y sin embargo, hace mucho tiempo que no hablo con Lina ni con Juan. Ya nadie juega al parchís.


Israel Rojas

Caracas, Venezuela, 1985. Estudio Artes en la Universidad Central de Venezuela, trabajó en 3 videoclubes, dos discotiendas y como programador en la Cineteca Nacional de Venezuela. Nunca ha enviado una postal pero ha regalado muchas playlists.
Compartir

Guardados3

Reportar

Para comentar esta publicación es necesario que inicie sesión.

Reportar esta publicación porque:

  es ofensivo, discriminatorio, abusivo o perjudicial.

  infringe derechos de autor de terceros.

  es spam y/o publicidad.

Tu reporte fue recibido

En breve te avisamos si procede o no.

Lo sentimos

Para reportar esta publicación debes ingresar con tu cuenta de usuario.

Reportar este comentario porque:

  es molesto o no es interesante.

  creo que no debería estar en Enjambre.

  es spam y/o publicidad.

Tu reporte fue recibido

En breve te avisamos si procede o no.

Lo sentimos

Para reportar este comentario debes ingresar con tu cuenta de usuario.