Posverdad

lo que nos gusta creer

por Ximena Atristain
|Mar 23 2018

"No hay hechos, hay interpretaciones" - Nietzsche

 [Un artículo del 22 de enero del 2015 del Washington Post demuestra cómo el movimiento anti vacunas, que empezó a cobrar auge en el 2001, condujo a un brote alarmante de sarampión en 2014 sólo en los Estados Unidos. Cabe mencionar que el sarampión, antes de la falacia anti vacunas, estaba prácticamente erradicado]

Cada año el diccionario de Oxford publica la palabra o expresión que más interés ha despertado a lo largo de 12 meses. Para los editores, la palabra que eligen lleva una carga cultural significativa y refleja el espíritu de ese año en particular. La palabra del año 2016 fue Posverdad. Esta palabra no es precisamente nueva; ya en 1992 el dramaturgo serbio-americano, Steve Tesich, la empleó en un ensayo inquietante para The Nation titulado “A Government of Lies”, en el que planteaba que, tras el escándalo del Watergate, “Llegamos al punto en que comenzamos a equiparar la verdad con las malas noticias, y nadie quiere enterarse de las malas noticias, no importa qué tan importantes o saludables sean para un país. Comenzamos a esperar que el mismo gobierno nos protegiera de la verdad”.

Según Maquiavelo, la mentira es central en la política y se justifica cuando sirve para promover intereses nacionales o valores importantes del orden del bien común, pero también intereses particulares. En la Italia de Berlusconi, él era el poder, todos sabían que su discurso estaba lleno de mentiras, pero prometía cambiar la situación económica de todos. En ese universo entre lo falso y lo verdadero, la transparencia resulta inútil para la democracia, y la mentira triunfa evidentemente porque muchas veces la población la acepta siempre que prometa cosas más importantes que la verdad.

La posverdad es un poco diferente de esto anterior, pues el tema no es el cinismo o los intereses particulares o superiores políticos. La posverdad significa el retroceso del universalismo, de la razón y del estado del derecho, y no distingue sociedades educadas o no educadas; incluso las sociedades más educadas tienen medios suficientemente fuertes para desarrollar ideas falsas y potentes.

[Un panfleto publicado en la segunda mitad siglo XIX: “Los protocolos de los sabios de sirón”, habla de una conspiración internacional judía para dominar el mundo. Supone que miembros del estado mayor judío se reunieron para decidir cómo repartirse el mundo. Henry Ford, para comprobar y justificar su antisemitismo, financió tirajes extraordinarios del panfleto para su difusión. Miles de veces se ha dicho que es un panfleto y que lo que dice es falso, pero hasta la fecha la gente sigue comprándolo y citándolo como si fuera verdad.]

En lo que llamamos la era de la posverdad se distinguen dos vertientes; el complotismo, una tendencia paranoica a pensar que la realidad se puede entender únicamente a través de la sospecha y la denuncia; la verdad no es lo que dice la gente que sabe, los profesores, los periódicos, sino que esta escondida porque hay grupos que actúan en la oscuridad para conducir el mundo. Es una visión de la realidad que busca describir a los grupos que actúan clandestinamente, es la idea de que hay actores más o menos secretos, casi con poderes sobrenaturales, en detrimento de la gente normal. Claramente hay grupos políticos que sacan provecho de ello, incluso hay intelectuales que lo sustentan de manera ideológica. Por otro lado, en la posverdad, el líder político crea una relación con el pueblo basado en mentiras y contradicciones. Esto funciona bien para muchos actores políticos; es muy fácil salirte con la tuya cuando lo que falta es la verdad. Los populismos siguen esta regla: "no hay problemas cuando hay contradicciones". No puede haber discusión con un populista debido a que las contradicciones no le representan ninguna dificultad. Otra característica es que todo puede ser dicho a la luz, no es una cuestión de transparencia, es una cuestión de poder mentir en público. En este sentido es diferente del cinismo maquiavélico.

La posverdad es un arbitrio legitimo para proteger a ciertas figuras que no son respetables, es un recurso respetable en un mundo donde ya nada es respetado. Responde, además, a lo que los medios y ciudadanos esperan, es algo que le gusta escuchar a la gente y si funciona bien es porque no hay verdad sino sospecha, sospecha y más sospecha, y todas las afirmaciones y opiniones valen, no importa si son rigurosas o banales, mentir o decir la verdad es lo mismo. Esto no es fácil de enfrentar, pero es necesario, porque si lo aceptamos, aceptamos el declive de la democracia, de la razón, del derecho, de la universalidad.

[Cuando Donald Trump lanzó su candidatura presidencial se configuró The Trumpettes USA, una organización de mujeres ricas, blancas, de mediana edad que se dedicó a recaudar fondos para la campaña y a organizar eventos que promovían la política propuesta por Trump. Toni Holt, líder de las Trumpettes, fue entrevistada por una periodista del Daily Show acerca del plan de reforma fiscal de Hillary, y dice Holt: “Creo que el plan de Hillary va a derrotar a nuestro país”. La periodista le pregunta: “¿Qué sabe usted de la reforma fiscal de Hillary?” Holt respondió: “No sé absolutamente nada de la reforma de Hillary”.]

Quizás a palabra suena, de entrada, turbia. Compuesta por un prefijo que denota una posición espacial o temporal: después dé; detrás de, y la palabra verdad: la afirmación de algo que corresponde con la realidad [interesante de definir y clasificar ya que uno de sus atributos es que varía de acuerdo a la conducta, al juicio o a la realidad del ser], pero como tema cobra una importancia muy fuerte debido a dos ocasiones políticas recientes: el Brexit y la elección-presidencia de Donald Trump.

En estos acontecimientos, los medios de comunicación fueron clave en la normalización de las ideas que difundían los proBrexit o los proTrump. La campaña del Brexit se basó en falsedades ridículas que funcionaron, aun cuando eran mentiras muy fáciles de detectar y comprobar; por otra parte, mucha gente entrevistada que votó a favor del Brexit ni siquiera sabía bien a bien qué era la Unión Europea, mucho menos el papel que jugaba el Reino Unido en ella, pero la idea de nacionalizar sus bienes y recursos sonaba a la promesa de una vida mejor. Aquí está la esencia de la posverdad; lo importante no es la mentira, lo importante es que hay gente que quiere escuchar tal mentira. La posverdad habita en la relación entre los que mienten, los que escuchan y los que gustan de escucharla. Por otro lado, la presidencia de Trump, desde su toma de posesión, ha demostrado que se puede mentir públicamente y sin vergüenza. Es constante la idea de que “si la realidad no me gusta hablaré de otra realidad”, contraria, una que niega lo obvio y que crea ficciones alternativas.

Estos eventos obligan a observar cuáles son los dispositivos y estructuras con que pensamos la realidad; parece que la realidad ejecuta lo que establecen los medios como formas de pensamiento, un pensamiento binario donde no hay información y no hay matices. Los dispositivos mediáticos disponen de nuestro estado de ánimo al servicio de lo que el poder quiere. En este sentido, la posverdad cobra sentido generando polémicas ya que éstas podrían ser ganadas por la opinión pública. ¿Qué pasa cuando el poder se ejerce sobre una resistencia que él mismo construyó?

[Cuando D. Trump tomó posesión se publicaron varias tomas aéreas del evento que demostraban que había asistido poca gente. Trump,  por su lado, aseguraba que ningún otro presidente electo había tenido más audiencia que él. Cuando le demostraron con fotos que estaba equivocado, lo que hizo fue prohibir la cuenta de twitter del US internal department  por publicar imágenes que, según Trump, mentían sobre lo que "realmente" ocurrió  en su toma de posesión]

En esta forma de ejercer el poder, la posverdad se sobrescribe en la verdad. Es una construcción discursiva dentro del campo de los hechos alternativos, esa clase de hechos que no requerirán de comprobación o evidencia para ser enunciados. Esto no es del todo nuevo, basta revisar a los sofistas y posteriormente las disertaciones socráticas contra la retórica del Gorgias, de Platón, para advertir, desde hace mucho, la persistencia de un discurso capaz de presentar una verdad que no existe y alternativamente, de poner en duda o de plano negar aquella que sí se sustenta en evidencias.

La posverdad tiene origen en un contexto de grave desconfianza pública en aquellas instituciones sobre las que convencionalmente se ha estructurado una sociedad, y alcanza su mayor potencial político como mecanismo de dominación en regímenes veladamente autoritarios – abiertamente totalitarios. La posverdad necesita al demagogo; se requiere de un sujeto carismáticamente legitimado. Su discurso, más allá de lo verdadero y lo falso, genera indeterminación semántica, todo se pone en duda y no sabemos a quién creer o qué creer. Una mentira es refutable, una posverdad arraiga como parte de una convicción inconsciente: aunque se demuestre lo contrario tú quieres creer esto.

Para nosotros los ciudadanos las implicaciones están ahí, día a día. ¿Cuántas veces podemos ser violentados y escandalizados por los sucesos del mundo que se difunden en los medios masivos? ¿Cuánta frustración podemos resistir ante el inevitable “y no pasa nada”? Nos están diciendo que no podemos tener verdad y dignidad al mismo tiempo ¿tendríamos que elegir? En nuestro país las fuerzas armadas son las responsables de cientos de miles de desapariciones forzadas que nos aquejan, sin embargo, cada dos minutos, los spots de radio del gobierno de México insisten en que las fuerzas armadas son protectoras y salvaguardias de nuestro bienestar. ¿Qué queremos creer? La consecuencia de creer los discursos más allá de los hechos y las pruebas es que rápidamente nos estamos convirtiendo en lo que Tesich dijo en su artículo: "el prototipo de un pueblo que haría babear de gusto a cualquier monstruo totalitario". Antes, los dictadores habían tenido que trabajar muy duro para suprimir la verdad. Hoy en día, nuestra inacción y neblina visual, nuestro descreimiento y desconfianza, les está diciendo que eso ya no es necesario, que hemos adquirido un mecanismo cuasiespiritual que puede desnaturalizar la verdad de cualquier significado. El peligro es [y me trepo a un extremo] que si tenemos presente la premisa central de que se educa con el ejemplo; la práctica y tolerancia del racismo, del clasismo  y del machismo es educación. El sistema de justicia en el que los crímenes de los ricos y los poderosos y los crímenes de los pobres no son lo mismo a los ojos de la ley es educación. La afirmación diaria de que la virtud es sinónimo de estatus económico es educación.  

¿Qué hacemos con todas estas narrativas? ¿Qué hacemos con esta guerra de interpretaciones que absorben el sentido común? Podemos decir que todo este momento histórico es delirante, pero el PRI, el Brexit y Trump están funcionando como un síntoma de que la regamos en algunas cosas: nos tragamos la píldora de que somos seres racionales, hemos sobreestimado el papel que juega la razón y hemos subestimado el papel que juega la emoción en los debates públicos para evaluar, discernir y elegir a nuestros gobernantes y líderes.

[Recién ocurridos los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo en 2015, la directora de la colección de arte islámico del museo de Louvre, Yannick Lintz, propuso a la dirección general del museo hacer una exposición de arte islámico antiguo con obras que demostraran que en la antigüedad la cultura islámica sí ha representado al profeta Mahoma. Se rechazó la propuesta pues el costo político era arriesgado en esos momentos.]

 


Lecturas sugeridas:

  • Eco, Umberto, Numero cero, ed. Lumen.
  • Orwell, George, 1984, ed. DEBOLSILLO
  • Andersen, Hans Christian, El traje nuevo del emperador
  • Arditi, Benjamín, La política en los bordes del liberalismo, ed. Gedisa.

 

 

 

 

 

 


Ximena Atristain

Jarocha. Sagitario. Feminista. Tengo un diapasón que uso para hacer cigarros, no música.
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