Contar el universo con una mano

Visita de estudio a Andrés García Riley

por Natalia Magdaleno
|Mar 13 2018

Había tocado ese timbre por lo menos 20 veces en los últimos 4 meses, pero esta vez me sentía nerviosa y poco preparada, me abrió el flaco, y fuimos como siempre directo a su estudio la casita de atrás.

Fotografía de Natalia Magdaleno

Al principio me sentía incómoda, supongo que no sabía cómo empezar y  me puse a contarle cosas para hacer largo el comienzo, después fuimos por unas cervezas y regresamos dispuestos a darle REC a la grabadora.

Me dijo que se podía ir muy lejos atrás y lo hizo: sacó un baúl que estaba debajo de su mesa con cómics y dibujos de cuando tenía 6 años, me recordó los dibujos de mis primos de chiquitos, Gokú o a las Tortugas Ninja, igualitos, sólo que él se inventaba personajes, eran como alebrijes pero hechos de caricaturas que veía todos los días, tomaba un papel, lo ponía sobre la pantalla y calcaba las caricaturas en la televisión.

Andrés empezó a estudiar arquitectura antes que arte, y le pregunté por qué arquitectura, y me dijo que porque creía que así podía hacer algo útil por la humanidad.

-¿Y con el arte no?

-Pues más o menos.

Recordé la carta del sub comandante Galeano donde le decía a Juan Villoro:  

“He puesto las artes porque son ellas (y no la política) quienes cavan en lo más profundo del ser humano, y rescatan su esencia. Como si el mundo siguiera siendo el mismo, pero por ellas y con ellas pudiéramos encontrar la posibilidad humana entre tantos engranajes, tuercas y resortes, rechinando con mal humor. A diferencia de la política, el arte entonces, no trata de reajustar o arreglar la máquina. Hace en cambio algo más subversivo e inquietante: muestra la posibilidad de otro mundo”

Fotografía de Natalia Magdaleno

Pues Andrés me dijo que sí coincide, que “sí es más o menos cierto, pero no el arte de las galerías ni el de los museos”, ¿entonces? Pensé que entonces sería arte para uno mismo y nuestros amigos, apenas podemos cambiarnos entre nosotros, apenas podemos cambiar nuestras propias oscuridades.


Y bueno de ahí a la escuela de arte, al otro extremo,  me dijo que entrar a la escuela de arte le hizo darse cuenta de que “podía hacer cosas que ya de verdad no tenían nada útil” supongo que eso lo hizo sentirse libre, no tener la necesidad de cambiar al mundo.

Fotografía de Natalia Magdaleno

Hizo una pieza con la que empezó a burlarse del amor, la pieza más inútil del mundo, cortó una naranja a la mitad y volteó las mitades, eso presentó en su clase, era el juego de la media naranja, era chingar a las medias naranjas.

Entonces hacía cosas que podía tirar a la basura, no guardarlas, no regalárselas a nadie, me acordé de una pieza, que en realidad era una cáscara de plátano tirada en el piso, supongo que la artista también quería chingar, pero nadie la pudo tirar a la basura, porque resulta que la pieza se vendió y estaba, hasta donde recuerdo en la casa de un coleccionista millonario en donde una de sus empleadas se encargaba de cambiarla cada que se pudriera. Me acordé de esa pieza, pero no le dije nada—¿se habrá burlado la artista del coleccionista?.

Íbamos pasando página por página cada uno de sus cuadernos de dibujos, ninguno estaba terminado, casi ninguna de las piezas que ha hecho están acabadas, pero él tiene la certeza de que todas van a terminarse algún día.

Fotografía de Natalia Magdaleno

 

Fotografía de Natalia Magdaleno

Hay una foto en donde están él y su ex novia, mirándose, y la foto era dibujada una y otra vez hasta que la silueta de ella desaparecía. La mirada empezaba a tomar otros sentidos (me imagino a las medias naranjas dándose la espalda, evadiendo la mirada), hay mucha fragilidad en mirarse con otro y reconocerse y luego desaparecer.

Él me mostraba un cuaderno de bocetos con hojas amarillas, y cada hoja, una después de la otra obviaban el amor romántico, cada etapa de él.

Había una frase escrita en el cuaderno que no podía dejar ir y le tomé una foto para no olvidarla:

MAMIHLAPINATAPAI, palabra en el idioma de los indígenas Yámanas, que significa una mirada entre dos personas cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar”

Después de esto, una mano dibujada en el cuaderno contaba con los 5 dedos una relación rota (terminada? Reiniciada? ). Toda la relación se englobaba en 5 puntos, en cada dedo se leía lo siguiente:

  1. Únicamente ganas de estar con ella, estar juntos fuego, coqueteo, celos y peleas.

  2. Experimentación  sexual aceptación, deseo por otras mujeres.

  3. Aceptación y constancia, una relación segura y balanceada.

  4. Aumento de libido, balance sexual. Fluctuación entre felicidad y ganas de no ganar la contienda.

  5. Estancamiento y monotonía, inicia el periodo de deterioro y acaba.

Desde hace tiempo él y yo hablamos mucho sobre las relaciones románticas y de cómo pueden ser tan obvias, predecibles y dolorosas. Tenemos un sueño en común en donde la amistad se profundiza más allá del romanticismo y este a su vez se va borrando en un horizonte en donde nuestras relaciones se van llenando de amigxs, donde hay más de 5 dedos que cuentan las formas de relacionarnos con ellxs (Será muy tarde ya en el texto para empezar a hacer uso de la x?), y ganarle la guerra a la trampa patriarcal del romanticismo.


Entonces decidió insistir en que una relación no se pudiera contar sólo con 5 dedos, porque no es así, porque hay variantes, y me enseñó varios mapas como estos:

Imagen de Andrés García Riley, utilizada con permiso del autor. 

“Hay algo emocionante en contar los primeros números y los últimos, los inicios y los finales, cuando  uno cuenta con los dedos estos se vuelven una representación de cualquier cosa como los números, en las manos se representa el universo, nosotros les otorgamos la capacidad”.

Y claro, es que si uno quisiera escribir sobre sus amigos, probablemente las ilustraciones serían esos mapas, o quizá una lista interminable que sería más o menos así:

1.1       

2.1     

5.1

3.2

5.3

4.4

5.4

3.3


Él encontró y dibujó todas las posibles variantes de números que quepan en las manos, el universo entero tenía que caber en sus manos.

Fotografía de Natalia Magdaleno

Hice una pregunta muy estúpida: ¿por qué te gusta hacer cosas que no tienen sentido?, y me odié, porque en realidad todo tenía sentido al final:  

“Hacer esto me costó mucho trabajo emocional, me ayudó a no pensar las cosas como son, porque duele, sino a pensarlas de otras formas, a verlas de otras formas, hay algo de empoderamiento en eso, entender que puedes contar más allá de 5 con una mano”.

Entendí después de horas de hablar que la obra de Andrés es un  proceso afectivo que comenzó hace mucho y sus piezas van cambiando con él, con sus procesos,  no van a terminar.

Fotografía de Natalia Magdaleno

(Se me ocurre que su cabeza es como una carpeta en la computadora donde los archivos son sus piezas y en cualquier momento puede regresar a cambiar cualquier archivo que quiera, todos empezaron pero están en constante cambio).

Esta es otra de sus piezas, más reciente o más bien, re pensada más recientemente:

Hay fotos que te siguen con la mirada, hay otras que te siguen por atrás, como si estuvieran viendo algo que te está siguiendo, me decía que hay una forma en la que a partir de ciertos ángulos de mirada, dependiendo de dónde lo montes y del lugar en donde te pares a verlas las dos personas en las fotos pueden mirarse una a la otra. Al principio quería hacerlo con personas, pero después de años de pensarlo la conclusión fue la siguiente:

Le tomará una foto a Bolule (el perro de su hermano) y a Cora (su perra) y las iba a montar de tal modo en que en cierto ángulo los veas mirándose.

“Creo que eso es todo al final, lo que he aprendido todos estos años de hacer esto, creo, es a reírme de lo romántico y llevarlo al punto más ridículo, por ejemplo en donde uno puede ver amor entre dos perros”.

Suena Cop killer de John Maus  de fondo y salimos por otra cervezas.

Fotografía de Natalia Magdaleno

 

 

Imagen de portada de Natalia Magdaleno


Natalia Magdaleno

Ciudad de México, 1988. Estudió Artes Visuales en La Esmeralda, y fue miembro de los colectivos Cooperativa Cráter Invertido, Invasorix y Bastardas. Editora de Revista Cartucho y locutora del programa Ratarrey en No Fm.
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